La historia de la criminología mundial guarda capítulos donde la realidad supera cualquier ficción de terror gótico. En las montañas de Galicia, durante mediados del siglo XIX, se fraguó un expediente que desafió las leyes de la lógica, la medicina y la justicia de la época. El protagonista fue Manuel Blanco Romasanta, un hombre cuya existencia se movió en la frontera entre una patología biológica poco comprendida y una maldad calculada que lo convirtió en el primer asesino en serie documentado de España.
Lo que hace que el caso de Romasanta sea atemporal no es solo la brutalidad de sus crímenes, sino la forma en que el Estado y la ciencia intentaron diseccionar a un monstruo que afirmaba ser una víctima de lo sobrenatural. En un contexto de hambre, superstición y aislamiento geográfico, el "Hombre Lobo de Galicia" no solo sembró el terror en los caminos, sino que inauguró el debate moderno sobre la licantropía clínica y la responsabilidad penal de los enfermos mentales.
El enigma del origen: de Manuela a Manuel
Para desentrañar la psicología de un asesino, es imperativo analizar sus primeros años. Manuel Blanco Romasanta nació el 18 de noviembre de 1809 en la aldea de Regueiro, en la provincia de Ourense. Su llegada al mundo ya estuvo marcada por una anomalía que condicionaría su psique para siempre. Fue bautizado y registrado legalmente como Manuela, ya que sus rasgos físicos externos en el momento del parto eran ambiguos.
Durante los primeros seis años de su vida, Romasanta fue criado como una niña. Sin embargo, al alcanzar la infancia temprana, el desarrollo de caracteres sexuales masculinos obligó a su familia y a las autoridades eclesiásticas a modificar su identidad. Estudios médicos actuales, analizando las descripciones de la época, sugieren que Manuel padecía un caso de intersexualidad, posiblemente un pseudohermafroditismo masculino o un síndrome de insensibilidad parcial a los andrógenos.
Este conflicto de identidad no era un tema menor en la España rural de 1800. Crecer en un cuerpo que la sociedad no comprende genera una alienación profunda. Romasanta era un hombre de baja estatura, apenas 1,45 metros, con facciones que muchos testigos describían como "delicadas" o "feminizadas", pero con una fuerza física inusual y episodios de agresividad súbita que desconcertaban a sus vecinos. Esta dualidad biológica fue, posiblemente, el primer motor de una personalidad disociada que años más tarde buscaría refugio en la fantasía de la transformación animal.
Por qué los caminos de la Sierra de San Mamede fueron el escenario perfecto
A medida que Manuel crecía, demostró ser un individuo extremadamente inteligente y polifacético. Trabajó como sastre, un oficio que requiere precisión y paciencia, y llegó a casarse en 1833. Sin embargo, la muerte de su esposa al poco tiempo —un evento sobre el cual nunca se arrojó total claridad— marcó su inicio como vendedor ambulante y guía de caminos.
El contexto geográfico de la Galicia interior en el siglo XIX fue el cómplice silencioso de sus actos. Las densas nieblas de la Sierra de San Mamede y los bosques cerrados de Ourense y Lugo creaban un entorno donde la desaparición de una persona podía pasar inadvertida durante meses. Romasanta se convirtió en un "buhonero", alguien que viajaba de feria en feria vendiendo telas, ungüentos y noticias.
Su técnica de caza era sofisticada y se basaba en la confianza. En una región castigada por la pobreza, muchas mujeres y jóvenes soñaban con emigrar hacia las ciudades o hacia Castilla para trabajar como sirvientes. Manuel se presentaba como el benefactor ideal: alguien con contactos, que conocía los senderos seguros y que podía garantizarles un empleo. Así, familias enteras le entregaban a sus seres queridos, y a veces sus ahorros, confiando en que el amable sastre los guiaría hacia la prosperidad. Nadie sospechaba que, al internarse en la espesura del monte, el guía se convertiría en verdugo.
Qué pasa cuando la psiquiatría se encuentra con el crimen: la licantropía clínica
El arresto de Romasanta ocurrió en 1852 en la localidad de Nombela, Toledo, tras años de sospechas que crecían en las aldeas gallegas. Cuando las autoridades finalmente lo cercaron, la confesión de Manuel no fue la de un criminal común, sino la de un hombre poseído por un destino trágico. Afirmó que una bruja lo había maldecido, condenándolo a transformarse en lobo durante las noches de luna llena.
Este es el núcleo del debate científico que aún hoy rodea al caso: la licantropía clínica. En términos psiquiátricos, se trata de una psicosis donde el paciente sufre la alucinación de que su cuerpo cambia de forma. Romasanta describió con lujo de detalles cómo sus manos se volvían garras, cómo su sentido del olfato se agudizaba y cómo perdía el habla para emitir aullidos.
"La primera vez que me transformé fue en el monte. Me revolqué en el suelo y sentí cómo el pelo brotaba de mis poros. En ese estado, el hambre no es de pan, sino de carne viva", declaró ante el juez.
Sin embargo, los investigadores de la época, liderados por el fiscal de Allariz, comenzaron a notar inconsistencias fatales para la defensa del acusado. Si Romasanta era una bestia irracional durante sus crímenes, ¿por qué las pertenencias de sus víctimas (ropa, joyas, dinero) aparecían vendidas en las ferias locales? ¿Por qué los cuerpos no presentaban desgarros de colmillos, sino cortes limpios hechos con cuchillos de sastre? La conclusión de la justicia fue que Manuel usaba la leyenda del hombre lobo como una máscara para ocultar una conducta de asesino instrumental y organizado.
El mito del Sacaúntos y el mercado de la grasa humana
Uno de los detalles más macabros que elevó el caso a la categoría de leyenda negra fue el hallazgo de que Manuel extraía la grasa de sus víctimas. En la cultura popular española, el Sacaúntos es una figura mítica que roba la grasa de los niños para fabricar ungüentos. Romasanta convirtió el mito en una realidad industrial.
En el siglo XIX, se creía que la grasa humana era un componente esencial para la medicina de alta gama y un lubricante superior para la maquinaria de precisión. Manuel confesó que vendía esta sustancia en Portugal a cambio de onzas de oro. Este dato aporta una dimensión económica al crimen: no mataba por placer animal, sino por un beneficio lucrativo sistemático. La "grasa de las víctimas" se convertía en el producto estrella de un vendedor ambulante que había encontrado en el cuerpo humano su materia prima más valiosa.
Este componente del caso reforzó el pánico social. La idea de que el cuerpo de un vecino podía terminar convertido en jabón o aceite médico generó una paranoia que obligó a las autoridades a ser implacables en el proceso judicial. El juicio de Allariz, conocido como la "Causa contra el Hombre Lobo", se convirtió en el proceso penal más largo y complejo de la historia gallega.
El juicio que cambió la historia legal de España
El proceso judicial contra Manuel Blanco Romasanta no fue solo un juicio por asesinato; fue un enfrentamiento entre la Ilustración y la superstición. La acusación inicial le imputaba 17 asesinatos, aunque él solo reconoció 9, alegando que el resto fueron obra de otros "compañeros lobos" llamados Antonio y Genaro.
La sentencia original, dictada en 1853, fue contundente: muerte por garrote vil y una indemnización de mil reales por cada víctima. Sin embargo, el caso llegó a oídos de la comunidad científica internacional. Un médico francés, el Dr. Phillips, escribió a la Reina Isabel II solicitando el indulto del reo. Phillips argumentaba que la licantropía de Romasanta no era una elección moral, sino una enfermedad del cerebro que debía ser estudiada para el avance de la ciencia médica.
Este movimiento fue revolucionario. Por primera vez en España, se planteaba que un asesino múltiple podía ser un "enfermo" en lugar de un "criminal". La Reina Isabel II, en un acto que sorprendió a la opinión pública, concedió el indulto y conmutó la pena de muerte por cadena perpetua en 1854. La decisión se basó en la posibilidad de que, al estudiar a Romasanta, se pudieran prevenir futuros casos similares.
El final de la bestia y su legado en la cultura moderna
Manuel Blanco Romasanta pasó sus últimos años en prisión. Durante mucho tiempo se especuló con que había muerto en el castillo de San Antón (A Coruña), pero investigaciones recientes en archivos históricos confirmaron que falleció en el centro penitenciario de Ceuta en 1863, debido a un cáncer de estómago. No hubo transformación final, ni luna llena que lo rescatara de su celda; murió como un hombre frágil, consumido por la misma biología que lo había atormentado desde su nacimiento.
El caso Romasanta es la prueba de que el mal absoluto suele tener explicaciones humanas, médicas y sociales detrás de la máscara de la leyenda.
Hoy, la figura de Romasanta sigue viva en el imaginario colectivo. Ha inspirado películas como Romasanta: La caza de la bestia y decenas de estudios sobre perfiles criminales. Su historia nos enseña que, en las zonas de sombra donde la ciencia no llega a explicar la conducta humana, los mitos como el del hombre lobo suelen aparecer para dar sentido al horror. Sin embargo, al analizar los datos fríos —la intersexualidad, el oficio de sastre, la precariedad económica de Galicia y la astucia para manipular a los vulnerables—, descubrimos que el verdadero peligro no era el lobo, sino el hombre que sabía cómo usar ese miedo para su propio beneficio.
Mantener la memoria de estos hechos es clave para entender la evolución de la criminología moderna. El caso de Manuel Blanco Romasanta permanece como un recordatorio de que la justicia debe balancearse siempre entre la sanción del crimen y la comprensión de la mente humana, por muy oscura que esta sea.