Durante décadas, la idea de que conocíamos bien la estructura de la Luna fue más una confianza que una certeza. Desde que el ser humano llegó a su superficie en 1969 con la misión Apolo 11, se recolectaron datos, rocas y mediciones que permitieron armar modelos bastante sólidos. Pero había una parte clave que seguía siendo una incógnita incómoda: su interior profundo.
No era un detalle menor. Entender qué hay dentro de la Luna no es solo una curiosidad científica; define cómo se formó, cómo evolucionó y qué relación real tiene con la Tierra y el resto del sistema solar. Durante años convivieron distintas hipótesis: algunas proponían un núcleo parcialmente sólido, otras sugerían una estructura más difusa o completamente líquida. Ninguna lograba cerrar del todo.
Ese escenario cambió en marzo de 2026, cuando un estudio publicado en la revista Nature terminó de inclinar la balanza con evidencia mucho más precisa.
El hallazgo que cierra un debate de décadas
El trabajo fue liderado por el investigador Arthur Briaud, del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, junto a un equipo internacional. La conclusión no deja mucho margen de duda: la Luna tiene un núcleo interno sólido, muy similar en comportamiento al de la Tierra.
Este núcleo no está solo. La investigación describe una estructura en dos capas bien diferenciadas. Por un lado, una capa externa fluida con un radio aproximado de 362 kilómetros. Por otro, un núcleo interno sólido de unos 258 kilómetros de radio, con una densidad cercana a los 7.822 kg/m³, un valor muy similar al del hierro.
En conjunto, estas dos capas representan cerca del 15% del radio total lunar. Puede parecer poco, pero es suficiente para cambiar cómo se interpreta su historia geológica y térmica.
Lo importante no es solo que exista ese núcleo sólido, sino lo que implica: la Luna no es un cuerpo “muerto” y simple, sino un sistema que tuvo una dinámica interna mucho más activa de lo que se creía.
Cómo se puede ver lo que no se puede observar
Llegar a esta conclusión no fue cuestión de una sola medición ni de una misión puntual. El avance se construyó combinando múltiples fuentes de datos recolectados a lo largo de décadas.
Los científicos utilizaron información sísmica obtenida por instrumentos dejados en la superficie lunar durante misiones anteriores, junto con mediciones de deformaciones gravitacionales y variaciones en la distancia entre la Tierra y la Luna. Este último dato, que se mide con láseres desde observatorios terrestres, permite detectar cambios minúsculos en el movimiento lunar.
A partir de todo eso, desarrollaron modelos matemáticos que simulan el comportamiento interno del satélite. Lo interesante es que los resultados coinciden con una hipótesis planteada en 2011 por investigadores de la NASA, que ya sugerían la posibilidad de un núcleo sólido, aunque sin poder confirmarlo con este nivel de precisión.
No hubo una “foto” del núcleo, pero sí algo más potente: múltiples líneas de evidencia que apuntan en la misma dirección.
La clave está en el magnetismo perdido
Uno de los puntos más importantes de este descubrimiento tiene que ver con el pasado magnético de la Luna. Hoy, el satélite prácticamente no tiene un campo magnético global. Pero no siempre fue así.
Las rocas lunares analizadas en distintos estudios muestran señales de que, hace miles de millones de años, la Luna tenía un campo magnético fuerte, comparable en ciertos momentos al de la Tierra. Eso siempre generó una pregunta incómoda: ¿de dónde salía esa energía?
La respuesta empieza a encajar con este nuevo modelo. El movimiento del núcleo interno sólido, combinado con la capa externa fluida, habría generado corrientes eléctricas capaces de producir un campo magnético, en un proceso similar al que ocurre en el interior terrestre.
Con el tiempo, ese núcleo se fue enfriando. Al disminuir su actividad interna, el campo magnético se debilitó hasta desaparecer. Este proceso no solo explica el pasado lunar, sino que aporta pistas sobre cómo evolucionan otros cuerpos celestes.
Por qué este descubrimiento cambia la historia
Puede parecer un detalle técnico, pero en realidad afecta una idea mucho más grande: cómo se forman y evolucionan los objetos del sistema solar.
La formación de la Luna, que se remonta a unos 4.500 millones de años, está vinculada a un evento violento: el impacto de un objeto del tamaño de Marte contra la Tierra primitiva. Ese choque habría generado los materiales que luego se agruparon para formar el satélite.
Saber que la Luna desarrolló un núcleo sólido y activo implica que ese proceso fue más complejo de lo que se pensaba. No fue simplemente un conjunto de restos que se enfriaron, sino un sistema que tuvo diferenciación interna, movimiento y evolución térmica prolongada.
Esto también obliga a revisar modelos aplicados a otros satélites y planetas rocosos. Lo que se aprende de la Luna funciona como una referencia cercana para entender cuerpos mucho más lejanos.
La diferencia entre sus dos caras ya no es un misterio aislado
Otro aspecto que este estudio ayuda a contextualizar es la famosa diferencia entre las dos caras de la Luna: la visible desde la Tierra y la oculta.
Durante años se observó que la cara visible tiene grandes llanuras oscuras (mares lunares), mientras que la cara oculta es más irregular y montañosa. Una de las explicaciones recientes habla de una especie de “fuga química” que habría redistribuido materiales en su interior.
El hecho de que exista un núcleo con dinámica interna refuerza la idea de que estas diferencias no son superficiales ni casuales. Están conectadas con procesos profundos que ocurrieron durante millones de años, influenciados por el calor interno, la composición y la evolución estructural del satélite.
Un paso más cerca de entender nuestro origen
La Luna no es solo un objeto en el cielo. Es una pieza clave para reconstruir la historia de la Tierra y del sistema solar en general. Cada dato nuevo sobre su composición interna ayuda a completar un rompecabezas que todavía tiene muchas partes faltantes.
Este descubrimiento no cierra todas las preguntas, pero sí elimina una de las más importantes: ya no se discute si hay un núcleo sólido, sino cómo evolucionó y qué otros procesos desencadenó.
Y ahí está lo interesante. Cuando una duda grande se resuelve, no se termina la historia. Se abre una más compleja, pero también más precisa.
Entender qué hay dentro de la Luna no cambia lo que vemos cada noche, pero sí cambia lo que sabemos cuando la miramos.
