Robert Corfield ex ministro religioso sigue libre tras confesar abuso

Hay noticias que no entran en la cabeza. No porque falte información, sino porque sobran pruebas y aun así no pasa nada. Esta es una de esas historias: un ex ministro religioso admitió haber abusado sexualmente de un niño, lo dijo frente a periodistas, quedó registrado… y sigue libre años después.
 
Robert Corfield confesó el delito de abuso infantil, pero nunca fue condenado

No es una denuncia anónima, no es un rumor de redes sociales. Es una confesión directa, respaldada por víctimas, cartas privadas y una investigación periodística internacional. Y aun así, la justicia avanza a paso de tortuga.

Un abuso confesado que no tuvo castigo

Robert Corfield fue ministro de una iglesia cristiana cerrada y poco conocida. En una investigación publicada por la BBC, Corfield reconoció haber abusado sexualmente de un menor durante varios años en la década de 1980, cuando ejercía funciones religiosas en Canadá.

No habló en potencial, no esquivó el tema. Admitió los hechos cuando fue confrontado. Aun así, más de dos años después de esa confesión, Corfield sigue viviendo en libertad en el estado de Montana, Estados Unidos.

Para cualquier persona común, esto resulta difícil de entender: confesás un delito grave y no hay consecuencias visibles.

Quién es la víctima y por qué decidió hablar

La víctima que dio la cara se llama Michael Havet. Hoy tiene 57 años, pero cuando comenzaron los abusos era apenas un adolescente. Durante seis años, según su testimonio y la propia admisión del agresor, fue abusado de forma sistemática.

Michael no solo habló ahora. Intentó denunciar lo ocurrido dentro de la iglesia en los años 90. Buscó ayuda. Avisó a personas con poder. Nadie fue a la policía. Nadie lo protegió. El resultado fue el peor posible: él quedó marcado de por vida y el abusador siguió su camino.

Una iglesia cerrada donde nadie cuestiona al poder

La iglesia a la que pertenecía Corfield no tiene nombre oficial. Muchos la conocen como “La Verdad” o “El Dos por Dos”. Fue fundada a fines del siglo XIX y tiene una estructura muy particular: sus ministros, llamados “obreros”, no poseen bienes propios y viven en casas de fieles mientras predican.

Dicho así suena austero y espiritual. En la práctica, según exmiembros, creó un sistema perfecto para el abuso: adultos con autoridad total conviviendo con niños, sin controles externos y con familias que no se atrevían a cuestionar nada.

En ese contexto, un ministro no era solo un predicador. Era una figura incuestionable.

El silencio como regla no escrita

Uno de los puntos más duros de esta historia es entender por qué nadie habló durante tanto tiempo. O mejor dicho, por qué cuando alguien habló, fue ignorado.

Exmiembros explican que dentro de la iglesia, los obreros eran vistos como la brújula moral absoluta. Si un niño decía algo contra uno de ellos, el problema no era el obrero. Era el niño. Así se construye el silencio.

Un segundo denunciante, que pidió anonimato, contó que también fue abusado por Corfield en 1974, cuando tenía 11 años. Intentó contarlo. Sus padres no quisieron escuchar. “Era predicador, no podía hacer nada malo”, le dijeron.

Investigaciones abiertas pero sin resultados

Tras la publicación de la investigación periodística, el FBI inició una investigación sobre la iglesia y sobre Corfield. El propio acusado confirmó que fue entrevistado por agentes federales y que dijo la verdad, incluyendo el abuso a Michael.

Aun así, no fue arrestado.

En Canadá, la Real Policía Montada de Canadá también abrió una investigación por abusos históricos ocurridos en Saskatchewan. El caso fue enviado a fiscales para evaluación. Hasta hoy, sin imputaciones públicas.

Este limbo legal es devastador para las víctimas: el caso existe, pero no avanza.

Cuando la confesión no alcanza

Acá aparece una pregunta incómoda pero necesaria:
¿cómo puede ser que una confesión pública de abuso sexual infantil no sea suficiente para que alguien enfrente consecuencias reales?

Parte de la respuesta está en los llamados “casos históricos”: el paso del tiempo, la falta de pruebas físicas, testigos que ya no están. Pero también hay algo más profundo y más difícil de admitir: el miedo institucional a tocar estructuras religiosas.

Nadie quiere ser el organismo que quede marcado como el que “se metió con la iglesia”, aunque haya víctimas esperando justicia desde hace décadas.

Cartas privadas que confirman el abuso

La investigación también sacó a la luz cartas privadas que Corfield envió a Michael años después. En ellas pedía perdón, hablaba de estar en terapia y mencionaba que estaba “haciendo una lista de víctimas”.

Esto refuerza algo clave: no fue un hecho aislado, ni un malentendido, ni una acusación dudosa. Hubo repetición, conciencia y reconocimiento del daño causado.

Y aun así, libertad.

Trasladar al abusador y callar a la víctima

Según el testimonio de Michael, cuando denunció lo ocurrido a un líder de alto rango de la iglesia, lejos de recibir apoyo, fue presionado para irse, mientras que Corfield fue trasladado a Estados Unidos y siguió ejerciendo como ministro durante 25 años más.

Este mecanismo es tristemente conocido: silenciar a la víctima y mover al agresor. Cambiarlo de lugar, no de conducta.

No es un problema de una sola iglesia. Es un patrón que se repite cuando la imagen institucional pesa más que las personas.

Más de mil denuncias y un problema estructural

Una línea directa creada por exmiembros y activistas recibió más de 1.100 denuncias de abuso sexual dentro de esta iglesia. Más de la mitad de los acusados ocupaban cargos de autoridad. Hubo algunas condenas, pero son pocas en comparación con el volumen de casos.

Los números dejan algo claro: no se trata de una manzana podrida, sino de un sistema que permitió y encubrió abusos durante décadas.

El peso que cargan las víctimas

Mientras los procesos judiciales se estancan, las víctimas siguen lidiando con las consecuencias. Terapias pagadas de su propio bolsillo o con ayuda de otros exmiembros. Familias rotas. Fe destruida. Años de culpa y silencio.

Muchos recién pudieron empezar a sanar cuando encontraron a otros que habían pasado por lo mismo. Cuando entendieron que no estaban solos ni equivocados.

Una historia que incomoda pero hay que contar

Este caso no trata solo de un ex ministro libre. Trata de cómo el abuso sexual infantil puede sobrevivir décadas cuando se combina con poder, silencio y falta de control externo.

También deja una lección incómoda: la confesión no garantiza justicia, y la fe, cuando se vuelve incuestionable, puede transformarse en una herramienta de daño.

Historias así incomodan porque obligan a mirar donde muchos prefieren no mirar. Pero contarlas es parte de romper el círculo. Porque el abuso no desaparece cuando se lo calla. Solo se esconde. Y cuando finalmente sale a la luz, ya pasó demasiado tiempo.

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